
Los pechos te duelen, hinchados. Un dolor constante. Esperas en cualquier momento manchar tus bragas hasta que un día te haces la prueba y aparece el punto rosa, aquél que no debía estar, y no se va. Y deberías esperar 3 minutos de seguridad, pero llevas 7 y sigues mirando el punto rosa fijamente y sin expectativas ya, sabiendo que no se irá, pero retrasando el momento de asumir que tu vida acaba de cambiar. Todavía no, todavía no... y ahora qué?, y ahora qué? Un puntito rosa sinónimo de problema nuevo, de dolor de cabeza que debes solucionar, prioridad de repente ante todo lo demás. Nada más importa. Y entonces es cuando te das cuenta de que el tiempo es lineal, causa-efecto, y miras hacia atrás hasta el momento concreto en que tomaste la decisión de no tomar precauciones. Y entonces es cuando empiezas a llorar. Y entonces es cuando te miras cara a cara con el destino sabiendo que aquello tiene un final y que sólo dispones de dos opciones, y ninguna te gusta. Y los días pasan y sientes el estómago tan encogido de miedo, que duele.
Y un día, así de repente, te levantas y eres consciente de tu cuerpo en toda su plenitud, y es grande, más grande que nunca, y te pide agua, y vitamina C, y descanso, y súbitamente tu cuerpo gobierna al resto y decide por encima de todo lo demás, pero te sientes llena, te sientes viva.
Un aborto es el sacrilegio de la propia persona, es la aceptación voluntaria de la profanación del propio cuerpo, es la sumisión consciente a una violación de 3 minutos. Todo muy automatizado y muy profesional, no fuera el caso que nos pusiéramos melodramáticas y el cirujano tuviera que ejercer al mismo tiempo de persona. "Un minuto de intervención", te dicen, y tú estás allí porque quieres, y no da lugar pedir unos momentos para despedirte o para llorar, has tenido tiempo. Seamos profesionales, médico y paciente, juguemos rápido y bien. El cirujano te da profesionalmente la mano sin mirarte a los ojos al entrar. No tienes cara, no tienes nombre, ahí dentro ni siquiera identidad. Tampoco puedes tener culpa entonces, simplemente no eres. Y profesionalmente das las gracias cuando sales mientras te apoyas en la enfermera porque las piernas no dejan de temblarte, y te llevan a un cubículo de 2 metros cuadrados con una camilla y una manta profesionalmente puesta sobre la camilla que se desdobla con un sólo movimiento. Gracias otra vez, porque me siento incapaz de hacer más esfuerzo que alargar mi brazo y tirar. Siento frío. Este vuelve a ser mi espacio, para despedirme de lo que hubiera podido ser o para llorar. Tengo que salir, me estan esperando, hay cola en la sala de espera. Aquella niña de apenas 16 años, o esa muchacha que estaba sola y no ha querido hablar con una tal Montse cuando la han llamado por teléfono. Tienes que estar muy solo para venir solo.
Lo único que hace que te levantes de esa camilla, retires la manta, te vistas de nuevo... ahora sí sangras, y salgas de allí es saber que hay alguien que te espera a 5 pasos, detrás de la puerta, que te abrazará y te llevará, y te cuidará los próximos 20 minutos. Y te dejará llorar. Entonces simplemente te vistes y te arrastras hasta él.
"No hagas esfuerzos, no te bañes, no hagas deporte, no tengas relaciones sexuales, en caso de hemorragia ve al hospital, en caso de mareo o vómitos llama al hospital e interrumpe la medicación", pero debes estar bien, has hecho lo que debías, no hay un problema moral, no consideras que has matado una vida, no crees en el Dios cristiano ni en que te vaya nadie a castigar... Y no lo cuentes a demasiada gente, no sea que se corra la voz. Pásalo tú, es tuyo y estás sola, y todo el mundo está muy contento de que todo haya terminado.
Pero no ha terminado. Hace tres meses y no ha terminado, aunque queda lejos. Las personas olvidan con facilidad, la memoria descarta los recuerdos que duelen, la gente no quiere compadecer a nadie, la gente quiere que todo esté bien.
Se cerró la puerta y él se fue, y no le volverás a ver, simplemente porque para él ya se ha acabado. Pero no se ha acabado.








